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COCINA

Actualizado: jun 28



El programa funcional esencial de una vivienda consiste en dar soporte espacial a tres necesidades fisiológicas que realizamos inexorablemente cada día: 1/ beber y comer, 2/ eliminar los desechos corporales y lavarnos y 3/ dormir manteniendo la temperatura corporal. Cada uno de estos tres hábitos diarios -vitales- encuentra en la vivienda su propia habitación específica. De tal manera que, para la alimentación, utilizamos la cocina y el comedor; para la higiene, usamos el baño y el aseo y, el dormitorio y el salón, son para el descanso nocturno y diurno, respectivamente.

Este post se va a centrar en el elemento cocina porque es el espacio de la vivienda que más transformaciones ha experimentado a lo largo de la historia, en paralelo a los avances tecnológicos y a los cambios sociales -que han modificado la posición social de la mujer-. Y, como ambas realidades -la tecnológica y la social- siguen avanzando, la cocina seguirá concentrando toda nuestra atención a la hora de abordar su diseño funcional y espacial.

Refiriéndonos al espacio doméstico de la clase media trabajadora europea, el espacio culinario ha tenido una evolución en el último siglo que, desde un punto de vista espacial, ha consistido, básicamente, en pasar de ser un espacio segregado, aislado dentro de la vivienda a ser, en la actualidad, preferentemente, un espacio integrado con el comedor y el salón. Veamos cómo se dio esta transformación y cómo el espacio de la cocina se fue sofisticando.



Si recordamos cómo era la vivienda medieval, el lugar del fuego -el hogar- era el centro de una estancia única en la que se hacía todo. No solo se cocinaba y se comía sino que realmente se vivía, se trabajaba y se dormía. Todas las actividades giraban en torno a ese fuego central que era la fuente de energía para calentarse y para alimentarse.

Siglos después, la concepción de las cocinas experimentó un cambio significativo durante la Revolución Industrial. Primero, a finales del siglo XVIII, apareció el fogón de hierro, que cerraba el fuego por completo y permitía controlarlo para cocinar con precisión y seguridad. Después, a mediados de siglo XIX, apareció el fogón de gas y, finalmente, a principios del siglo XX, la electricidad se convirtió en la nueva energía doméstica -última forma de domesticación del fuego- que dio paso a la aparición de los electrodomésticos.



Pero la noción de cocina tal y como hoy la entendemos surgió con los trabajos de la americana Catharine Beecher que, primero, con su libro Un tratado de economía doméstica (1842) y, después, junto con su hermana Harriet, con el libro El hogar de la mujer americana (1869), proponía por primera vez un diseño sistemático para optimizar el trabajo en la cocina basado en la eficiencia y en la ergonomía. Conceptos como accesibilidad, aprovechamiento óptimo del espacio, ahorro de movimientos o zonificación de los procesos de elaboración (almacenamiento y preparación - cocinado y servicio) ofrecían una estructuración casi científica de las diferentes partes de su cocina ideal, que ellas veían gobernada por “la ministra del hogar”.



En 1926, en Europa, concretamente en Alemania, influida por los modelos de las hermanas Beecher y por Christine Frederick y el taylorismo e inspirada en las pequeñas cocinas del vagón restaurante de los trenes, aparece la conocida “Cocina Frankfurt” diseñada por la arquitecta Margarete Schütte-Lihotzky para un complejo de vivienda social del arquitecto Ernst May.

El diseño planteaba una cocina totalmente racionalizada que se concebía como un lugar de trabajo especializado y minimizado, pensado para una sola persona -para la mujer trabajadora-. Era una cocina compacta y funcional -un laboratorio- que disponía los diferentes aparatos de forma coherente y lineal con el objetivo de acortar recorridos y de hacer el trabajo más confortable y eficiente. Este modelo de cocina, que quedaba espacialmente segregada del resto de la casa, como una célula cerrada, marcó con sus principios de racionalización una nueva era en el planteamiento del espacio culinario que no ha variado demasiado hasta hoy.



Años después, en 1950, la empresa alemana Poggenpohl lanzaba la primera cocina modular de la historia, la “Form 1000”. Se caracterizaba por su disposición flexible de módulos prefabricados, donde los diferentes electrodomésticos quedaban perfectamente integrados en el mobiliario de cocina.

Se daba paso al desarrollo de la cocina moderna basada en la prefabricación de módulos intercambiables con medidas estándar y de producción industrial masiva. Esto la convertía en una cocina accesible y adaptable a las necesidades de la sociedad de consumo que se gestaba. También se empezaba a superar el excesivo carácter funcionalista y utilitarista del modelo de Frankfurt estableciendo relaciones más abiertas con el resto de la casa e incorporando en la cocina pequeños comedores de diario.



Volviendo de nuevo a América, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, aparece un ansia de cambio en la sociedad, de un nuevo hogar, un nuevo espacio sobre el que establecer la familia ideal potenciada una y otra vez en los cánones publicitarios. Importantes sectores sociales, debido al progreso industrial, aumentaron considerablemente su poder adquisitivo y se implantó el llamado estado del bienestar. Un nuevo estilo de vida que en los años 50 se globalizó como el “American way of life” y que suponía el nacimiento de la sociedad del consumo actual.


En medio de esta nueva situación americana se desarrolló en California el programa conocido como Case Study Houses, que permitió la construcción de una serie de viviendas donde se apostaba por la modernidad, construidas y publicitadas como verdaderos prototipos residenciales. Con ellas se instaura una domesticidad informal que demanda una vivienda de gran flexibilidad, donde desaparece el servicio domestico y la cocina se conecta de diversas maneras con el comedor y el salón buscando ser un único gran espacio social.

Uno de los ejemplos más icónico es el de la Case Study House nº 22 -o Casa Stahl- (1959) de Pierre Koenig, en Los Ángeles, donde la cocina se configura como un ámbito delimitado pero dentro de la sala de estar, totalmente abierta a toda la casa y a las vistas al paisaje. En ella aparece una isla central y una barra que se conecta con el comedor, lo que se popularizó con el nombre de “cocina con barra americana”. La cocina se convertía en todas estas casas -con sus nuevos materiales y avanzados electrodomésticos- en el escaparate de la vida moderna, en el centro de atracción de la vida doméstica.



Una década después, a principios de los años 70, en un momento de efervescencia utópica y planteamientos visionarios, diversos diseñadores lanzaron prototipos futuristas como, por ejemplo, la cocina “Technovision” del suizo Hasso Gehrmann. Se trataba de un proyecto de cocina controlado íntegramente por ordenador, que se situaba en el medio de la vivienda y donde la preparación de los alimentos se celebraba ante la mirada de todos los presentes como si de un altar se tratara. Fue un momento de diseños muy inspiradores pero ninguno de aquellos prototipos -como los de Luigi Colani o Joe Colombo también- llegó nunca a comercializarse.



Ya en los años 80, otra empresa alemana, Bulthaup, apostó por una nueva filosofía del espacio culinario doméstico en cuyo primer plano se encontraba “la idea de volver a lo esencial, al placer, al gusto, a la emoción y a la comunicación”. Lo hacía de la mano del diseñador Otl Aicher que publica el libro La cocina para cocinar (1982) donde concibe la cocina como el nuevo centro de la vivienda que tiene que acabar con la separación de la sala de estar. Aicher pretendía que toda la familia, incluso los invitados, compartiera la acción, apostando por una cocina activa, donde cocinar fuera una experiencia comunitaria y comunicativa.

En base a esto, en 1984, Bulthaup lanza el modelo “System b”, que disponía una mesa central de preparación en clara contraposición al esquema convencional de trabajar en un solo frente de cara a la pared. De este modo, acudían al concepto de isla de trabajo para favorecer el contacto visual entre las personas, sobre la base de concebir el momento de cocinar como una actividad de varios.

Con el mismo argumento, en 1988 lanzan el banco de trabajo central que reúne en la misma unidad funcional todas las áreas de trabajo esenciales en la cocina, es decir, la zona húmeda y la zona caliente -el agua y el fuego-. Con la bancada central, que no era en sí algo nuevo sino una disposición nada habitual en la cocina doméstica europea, Aicher recuperó para la cocina la condición de espacio habitable y compartido por todos los habitantes de la casa. Se trataba en el fondo de recuperar la conversación y la relación en ese ámbito y conseguir una cocina para vivir y disfrutar.



Por tanto, a partir de los años 80, el concepto de la “cocina en isla” y la perfección en las campanas extractoras -más potentes y silenciosas- permitieron una cocina abierta e integrada que desembocó en su reencuentro definitivo con el salón y el comedor. De algún modo, la cocina volvía a sus orígenes, dejando de ser un cuarto cerrado y volviendo a ser el corazón del hogar y el espacio multifuncional que primigeniamente fue.

En el proyecto de la Casa de Matola, la cocina asume con toda naturalidad esa condición contemporánea de ser un espacio culinario integrado en el ámbito común de la vivienda y protagonizado por una isla central. Se tenía la idea de que en torno a la isla de la cocina se generara mucha vida familiar -mucha convivencia- y se convirtiera en el epicentro de reunión en muchos de momentos del día. Sabiendo además, como sabemos, que los mediterráneos celebramos todos los encuentros con familia y amigos en torno a la comida, compartiendo su preparación y su degustación.



Para reforzar el planteamiento nuclear de esta cocina en esta casa, se decidió ubicarla en el baricentro del espacio común, dominándose visualmente desde ella tanto los espacios exteriores -patio, porche, jardín y piscina- como los espacios interiores -comedor, salón y estudio-. Esta disposición central y abierta de la cocina persigue la idea de vivir y disfrutar intensamente de toda la casa durante los distintos momentos del día en los que se usa la cocina -bien sea por necesidad o por hobby-. La cocina vuelve a convertirse hoy en un espacio de reunión donde interactuar y cocinar con otras personas resulta una experiencia agradable.



Esta idea de integración total hace además que la cocina se convierta en un mobiliario más de la sala de estar, en una pieza de diseño funcional y deslumbrante que incorpora electrodomésticos en constante sofisticación y que explora permanentemente sus acabados superficiales, tanto los horizontales como los verticales -como las puertas forradas de aluminio de este caso-. Todo ello ha supuesto un cambio definitivo en la percepción de la cocina que ahora no puede dejar de verse como un elemento creativo y estético, equipado con la última tecnología y digno de ser mostrado y exhibido.

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